Érase una vez un hombre descalzo que iba por el monte y se pinchó con un cardo. Se puso a maldecir y a blasfemar y así estuvo durante un buen rato.
Al poco pasó otro, también descalzo, y se pinchó con el mismo cardo. Como era un hombre muy bueno y comprensivo rápidamente le dijo: “te perdono, oh pobre cardo, por el daño tan grande que me acabas de hacer”.
Luego pasó un tercero descalzo como los dos anteriores que se pinchó también con el cardo. Dijo: “¡ay!” y siguió su camino, sin maldecir y sin aprovechar la oportunidad para demostrar con su perdón al cardo lo bueno que era.
A veces las cosas son así de sencillas: si vas descalzo por un monte es fácil que te pinches con un cardo.
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