Érase una vez un emperador muy soberbio que quiso saber cual era el hombre más sabio de su imperio. Mandaba llamarlos y conseguía mediante preguntas hallar alguna incoherencia y dejarles en ridículo. Luego les preguntaba si conocían a alguien realmente sabio y así, poco a poco le terminaron hablando de un viejo que vivia en las lejanas montañas del sureste, pasando el gran desierto y le mandó traer a su presencia.
Cuando le vio se sorprendió porque más parecía un campesino pobre o incluso un mendigo que un sabio. Le preguntó que qué sabía y el pobre ermitaño le contestó que algo de plantas, algo de venenos y antídotos y algo de medicina.
“Bah, valiente ignorante, eso no es nada, en palacio tenemos los mejores botánicos, farmacéuticos y médicos ¿no sabes nada más? todo el mundo me ha dicho que haces cosas maravillosas, mandaré que les ejecuten”.
“Su majestad imperial ¿qué podría hacer para que cambiaseis de opinión?”
“Haz algo maravilloso y les perdonaré a todos los que me hayan hablado bien de ti”
“No os entiendo”
El emperador, en uno de sus habituales ataques de ira, cogió un valioso vaso y lo estrelló contra el suelo con fuerza haciéndolo mil pedazos. “No sé, un vaso irrompible”.
“Quizá si su majestad usase uno de madera…”
“¿Te burlas de mi? Que no se rompa pero que tampoco se queme con el fuego ¿puedes hacerlo?”
“Si su majestad manda traer todas las hierbas de mi cueva lo haré”
“De acuerdo, pero si en un año no lo consigues morirás”
“Me sobran 11 meses”
Al cabo de un mes, se celebró una audiencia y el sabio presentó un vaso precioso de porcelana fina, bellamente pintado con motivos florales, todos se quedaron boquiabiertos, incluso el emperador, pero fiel a su caracter se propuso quedar por encima.
“¿Me tomas por tonto?, ¿cómo va a ser irrompible un vaso de porcelana?”
Y soltándolo lo dejó caer al suelo donde el vaso golpeó un par de veces y rodó sin hacerse ni siquiera una muesca. El emperador volvió a cogerlo y lo lanzó con fuerza, nada. Mandó llamar a su criado más fuerte y también probó lanzándolo contra el suelo sin éxito. Le ordenó que subiera a lo más alto de la muralla y lo tirase desde ahí y el vaso seguía intacto como al principio.
Llamaron entonces a un par de robustos soldados con unas enormes mazas que empezaron a golpearlo con todas sus fuerzas, al cabo de dos horas los pobres estaban exhaustos, chorreando de sudor y el vaso seguía como al principio como si no le hubieran rozado.
“No cantes victoria tan pronto, conseguiré romperlo y entonces conocerás mi ira”.
Se levantó la sesión y aunque todos querían felicitar al sabio pero para no enemistarse con el emperador nadie le dijo nada. En secreto éste le dijo a su primer ministro: “hay que lograr romper el vaso como sea”.
El primer ministro construyó un horno enorme y sometió al vaso a una gran temperatura y al mismo tiempo le puso toneladas de peso encima. Al cabo de una semana el vaso empezó a aplastarse hasta quedar totalmente deformado.
“¡Gané! El vaso no era irrompible, que lo ejecuten”
Cuando le comunicaron la sentencia el sabio preguntó: “¿se me concede un último deseo?”
“Por supuesto”
“Quisiera hablar a solas con el emperador”
A éste no le hacía mucha gracia pero como toda la corte sabía del último deseo quedaría como un cobarde y fue.
Nada más llegar le preguntó soberbio: “¿qué quieres?”
“Sólo saber por qué”
“Porque mentiste”
“Vuestra majestad imperial sabe que no, el vaso no está roto, sólo deformado, si me deja en una semana lo dejaré como nuevo”
“Da igual, lo volvería a romper y si no lo enterraría en el pozo más profundo o lo tiraría a la sima más honda del mar, es una cuestión de honor, he dicho que no era irrompible y tengo que tener razón, soy el emperador”
“Además, ¿de qué vivirían nuestros artesanos si los vasos no se rompieran?”
“Pero…”
“No hay peros, no lo entiendes, yo soy el emperador, y es mi privilegio beber en vasos valiosos, pero también lo es el romperlos en un ataque de ira y al día siguiente tener otro de igual valor o superior. Sin embargo si un criado lo rompe aunque sea sin querer, es mi privilegio mandar que le corten la cabeza. ¿No lo entiendes? Mi poder es el poder de destruir lo valioso, como tu propia vida, por mi voluntad”
“Entiendo”
“¿Algo más?”
“Podría saber cómo me vais a matar”
“Me da igual, pero dado que casi me dejas mal tendrá que ser algo con sufrimiento”
“Os pido, como último favor que me quemeis”
“¿de verdad? ¿por qué?” Preguntó el emperador divertido.
“Siempre he sido un poco friolero, y en las montañas entre las nieves muchas veces he añorado un buen fuego”
“¡Qué así sea!”
Y se fue, entonces, uno de los carceleros se acercó y le confió que su mujer estaba enferma y le preguntó si podía curarla.
“¡Claro!, pero te pediré dos cosas a cambio: la primera que me traigas todas las hierbas de mis aposentos y la segunda que escuches el relato de la conversación que acabo de tener con el emperador y la cuentes sólo boca oreja a una persona de confianza que te prometa a su vez que la transmitirá y así sucesivamente”.
El carcelero así se lo prometió y con algunas de las hierbas el sabio hizo una decocción que con el tiempo terminó curando a la mujer. Y antes de ir a la hoguera se metió entre las ropas ciertas otras que al quemarse emitían un humo tóxico.
A la mañana siguiente le quemaron. Pero el viento llevó el humo hasta la tribuna donde estaba el emperador y su corte. Todos se taparon la boca y la nariz, pero el emperador a pesar del picor en los ojos y la garganta no hizo el menor gesto.
A partir del día siguiente empezó a tener una tos ronca, que iba de mal en peor todos los médicos lo atribuían a haber respirado el humo de alguna planta venenosa pero nadie sabía el antídoto.
Cuando ya estaba moribundo compareció ante él el mayor experto del imperio que preguntado por el ya agonizante emperador le contestó: “sólo había una persona que sabía curar lo que su majestad padece, y era el viejo sabio de la montaña, al mandar matarle selló su majestad su propia sentencia de muerte”.
A la mañana siguiente poco antes de cantar el gallo el emperador falleció.
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